Deseo oculto

Capítulo 12

 

La camarera se acercó a la mesa, dejó el plato con un surtido de nougats, llenó los vasos con vino cuit y posó la botella a un lado de la mesa.

—Espero que les guste —dijo antes de abandonar la mesa con paso elegante.

Dana observó cómo la chica se alejaba, con una sonrisa en los labios. Yolanda carraspeó atrayendo la atención de su acompañante antes de darle un pequeño sorbo a una de las copas de vino.

—¿Le importaría no quedarse abstraída observando a otras mujeress mientras està conmigo? —preguntó indiferente mientras dejaba la copa de vino otra vez sobre la mesa.

—¿Tiene miedo de que me vaya con otra? —inquirió con tono burlón.

—¿Miedo? Para nada. Ninguna otra persona podría sobrellevar tener una relación contigo. Además… serías incapaz de separarte de mí.

—La veo muy segura de sí misma, señorita Perraudin ¿Qué le hace pensar eso? —preguntó apoyando los codos sobre la mesa e inclinándose hacia adelante.

—Sus ojos la delatan —respondió adoptando la misma pose que su acompañante y sin cambiar ni por un segundo su tono indiferente. —Lleva toda la noche imaginando cómo quitarme la ropa en cuanto lleguemos a casa.

Dana no se sorprendió ante sus palabras, en cambio, sonrió seductoramente mientras, con la mirada, analizaba todos los trozos de piel que el vestido de su acompañante dejaba al descubierto. Paseó su mirada paulatinamente por el pelo corto de la mujer, los mechones que caían descuidadamente por su rostro, el vestido rojo que tan sólo cubría sus pechos, mostrando su espalda y el trozo de piel que separaba sus senos, completamente desnudos tras la tela roja… Se levantó, rodeó la mesa y, aprovechando que los asientos del restaurante eran sillones de dos plazas, se sentó al lado de su esposa.

—¿Qué haces? —inquirió Yolanda con desdén.

—Te equivocas en una cosa —anunció en voz baja acercándose a su oído, sorprendiendo a Yolanda. La enfermera centró toda su atención en las sensaciones que le producía la caricia del aliento de Dana en su oreja. —Mi imaginación no espera a llegar a casa —confesó con un susurro a escasos milímetros de ella.

*               *               *

“¿Cómo habían llegado a esa situación?”, se preguntaba tratando de entender el comportamiento de la joven que en esos momentos se encontraba encima de ella. No obstante, la razón amenazaba con abandonar su mente ante las caricias de la chica, que la tentaban a dejar a un lado los “por qués” y dejarse llevar hacia los deseos de su acompañante.

—A-Aelita… ¿Qué ocurre? —preguntó con voz temblorosa debido a las emociones que nublaban los sentidos de la muchacha.

A toda respuesta Aelita volvió a morder su cuello causando que liberara un imperceptible suspiro. Con las uñas recorrió suavemente las costillas de Yumi hasta llegar a su abdomen. Recorrió el pequeño tramo de su figura lentamente, con una dulce caricia, hasta llegar al borde de su pantalón. No pudo evitar que una sonrisa pícara se formara en sus labios al escuchar cómo su amiga liberaba el aire que había retenido en sus pulmones al llegar al primer botón que sostenía la prenda. Abruptamente cambió la dirección de su mano dirigiéndola al elástico de su top, causando una leve mueca de desilusión en el rostro de Yumi. Poco a poco, Aelita recostó a la muchacha sobre el suelo sosteniendo sus muñecas sobre la cabeza. Una vez en ésa posición beso sus labios apasionadamente llegando a rozar la impaciencia.

Al separarse, las dos chicas cruzaron miradas. Yumi observó cómo los ojos de Aelita, aún vidriosos por las lágrimas, se apartaban bruscamente tratando de evitar su mirada, centrándose en su cuerpo. La mente de la muchacha reaccionó ante tal imagen. “¡No! esto no está bien”.

—Aelita, para —ordenó en tono serio tratando de ocultar rastro alguno de la lujuria que la invadía. Aelita trató de besar nuevamente los labios de su amiga. No obstante, Yumi se zafó del agarre de la chica y se incorporó deteniendola con el abrazo más cálido que pudo ofrecerle.— Aelita, para —le repitió con un susurró cerca de su oído.— Estoy aquí. Siempre lo estaré. Para lo que necesites… y ahora no necesitas eso. —Su voz era dulce, cálida, acogedora.

Aelita se removió entre sus brazos intentando escapar del agarre de la chica. No obstante, Yumi hizo su abrazo más fuerte para evitarlo hasta que, al final, el cuerpo de la chica se relajó.

—¿Por qué? —preguntó Aelita con voz ahogada y temblorosa. Su mente se llenaba de dudas y cuestiones sin resolver. ¿Por qué había parado? ¿Sería que Yumi tampoco la quería a su lado? Pero entonces, todo lo que había ocurrido…

Yumi hizo que levantara la mirada, haciendo que sus ojos coincidieran. Su expresión era mucho más seria que de costumbre, no obstante en sus ojos habitaba un brillo de cariño que pocas veces dejaba ver.

—Aelita, te quiero. Por eso no puedo permitir que sigas tratando de ocultar tus emociones. Si estás triste dilo. Estoy aquí para tí, para lo que necesites —repitió recogiendo con el dedo una lágrima indiscreta que rodaba por la mejilla de Aelita.

Sin lograr contener el llanto, la muchacha escondió el rostro en el hombro de su amiga. Yumi la envolvió silenciosamente en un abrazo protector, esperando pacientemente a que Aelita liberára poco a poco el dolor que había acumulado durante tantos años.

*               *               *

—¿Cómo? —logró preguntar Yolanda en el mismo tono de voz que Dana.

—Cierra los ojos —ordenó la mujer, dejando que su aliento acariciara el oído y parte del cuello de su acompañante. Yolanda obedeció sin ser capaz de resistirse a la voluntad de la profesora. —¿Sientes mi mano? — Su acompañante asintió al notar como una cálida mano se posaba sobre su mejilla. —Has estado apartándote este mechón a lo largo de toda la noche, y a cada vez que lo hacías he deseado ser yo quien lo ponía detrás de tu oreja —comentó mientras colocaba el mechón de pelo en su sitio con una dulce y tierna caricia. Hablaba pausadamente, y un matiz lujurioso se escondía tras cada palabra que salía de sus labios. —Para así, una vez tener mi mano aquí poder acariciar con la yema de mis dedos tu cuello. Bajar por la espalda y recorrer tu espina dorsal hasta el borde del vestido que llevas puesto. Rodear tu cintura hasta llegar al vientre, volver a subir la mano acariciando lentamente todas y cada una de las curvas de tu cuerpo, pasando mis dedos entre tus pechos, y volver a recorrer tu cuello. —Yolanda suspiró notando como su calma se escapaba de su mente a cada palabra que escuchaba.— Sujetar tu rostro para hacer que me mirases y empezar a besar y morder suavemente tus preciosos labios. Mientras te beso, bajaría mi mano hasta tu rodilla e iría subiendo lentamente la falda de tu vestido acariciando la parte interna de tu muslo. —La enfermera se mordió el labio inferior suavemente y lo liberó poco a poco de sus dientes saboreando las imágenes que aparecían en du mente. Tragó saliva con dificultad y suspiró profundamente para sus adentros.— Si hiciera eso, vería cómo levantarías tu rostro separando nuestros labios soltando uno de tus suaves suspiros. Sin embargo, me detendría al llegar a la costura de tu ropa interior, porque en ese momento te levantaría y te sentaría en la mesa tirando al suelo todo lo que hay en ella. Te cogería del pelo, tiraría de él evitando que agacharas otra vez la cabeza y mordería tu cuello deleitandome del dulce sabor de tu piel. Mientras que con mi mano acariciaría tus caderas y tiraría de ellas para acercarte más a mi y que pudieras notar lo cerca que estás de mi cuerpo sin poder llegar a tocarme. Con besos y mordiscos descendería lentamente pasando otra vez entre tus pechos hasta llegar a tus caderas y así poder hacerte el amor como nunca antes.

Dana dejó de hablar para morder sensualmente el lóbulo de la oreja de Yolanda, provocando que liberara todo el aire de sus pulmones. Al escucharlo, Dana se levantó y volvió a su asiento y, con una sonrisa inocente, escogió un nougat para degustarlo por primera vez en toda la noche.

—¡Mmmm…! Qué bueno, deberías probarlos Yolanda.

La enfermera volvió a la realidad dándose cuenta de su respiración entrecortada y del extraño calor que desprendía su cuerpo. Al ver a la profesora comer un nougat y entender lo que estaba haciendo le dedicó una mirada colérica.

—¿Qué le ocurre, señorita Perraudin? —preguntó con tono burlón.

—Vámonos a casa —ordenó con severidad.

—¿Eeeeh? Pero si aún no hemos terminado de comernos los nougats…

—Vale, entonces me voy a MI casa —anunció cogiendo el abrigo y el bolso y dirigiéndose hacia la puerta del restaurante.

—¿Mmm? Pero si la casa es nues… —sus palabras se detuvieron al entender la indirecta de su esposa. —¡Espera Yolanda! ¡Voy contigo! —la llamó mientras sacaba el dinero de su cartera para pagar la cuenta y salía corriendo del local.

*               *               *

Paseó la mirada por la habitación sin terminar de salir de su letargo. Las cenizas en la chimenea, las tazas con chocolate frío en el suelo, los cacharros aún por lavar en el fregadero… Cerró los ojos y se volvió a acomodar abrazando la cálida figura que se encontraba a su lado. Su dulce aroma la envolvió, mientras una mano empezó a acariciarle el rostro con dulzura.

—Buenos días —susurró una voz cerca de su oído.

—Mmm… —Escondió el rostro en el cuerpo de la persona a su lado.

—Si sigues así te vas a volver a dormir —insistió la voz pinchandole la mejilla con el dedo.

Asintió levemente sin cambiar de posición.

—¡Eres toda una marmota! —se quejó con una sonrisa elevando un poco la voz. —Venga, arriba. Tenemos que limpiar todo esto antes de que me vaya. —Se levantó y se dirigió a la cocina dejando a Aelita en el sofá.

—Pero aún es muy pronto Yumi…

—Pronto lo será para tí. Son las doce y media, y mi padre ya me ha llamado preguntándome si iré a comer.

—Podrías haberle dicho que no —murmuró lo suficientemente alto para que lo oyera.

—Aelita, sabes que no puedo hacer eso —respondió asomándose por la cocina. —Si quieres esta tarde puedo ir a hacerte una visita —concedió con un guiño.

—Está bien… —dijo tras un suspiro. Se estiró tratando de desperezarse y se dirigió a la cocina para ayudar a Yumi y terminar con el trabajo lo antes posible.

Por suerte no había mucho que limpiar, debido a eso, al cabo de poco más de una hora, Yumi pudo llegar a su casa. De camino a su casa recordó las imágenes de la noche anterior. Un escalofrío recorrió su espina dorsal al evocar las caricias de su amiga antes de que la detuviera. Entonces recordó su mirada. Esa mirada llena de tristeza contenida… “¿Por qué prefirió actuar así antes que decirme que lo estaba pasando mal?” Pensó mientras el llanto de Aelita aullaba en sus oídos. Suspiró profundamente alejando sus dudas de su mente antes de abrir la puerta de su casa.

—Ya estoy en casa…

—Yumi, ¿qué son estas horas de llegar? Te hemos dicho por teléfono que no tardases —le recriminó su padre con tono serio.

—Lo siento, es que los padre de Aelita no me han podido traer antes. —Yumi entró en la cocina donde estaban sus padres. —¿Pero a qué viene tanta prisa? Pensaba que podría quedarme en casa de Aelita a comer…

—Querida siéntate, tenemos que hablar contigo de una cosa importante —informó Akiko sorprendiendo a Yumi.

—¿Eeeh? —Dirigió una mirada preocupada a su padre en busca de respuestas sin hacer caso a la petición de su madre. Sin embargo, Takeda le respondió con una expresión neutra. Al final se rindió y se sentó dispuesta a escuchar a sus padres.

—Verás Yumi…

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One Response to Deseo oculto

  1. mairemegami says:

    Qué ama es Dana!!! *.* Me ha molado mucho lo del restaurante >.<
    Me ha parecido super tierna cuando Yumi intenta que Aelita no se vuelva a dormir =3 Y después de lo de la noche… Ahora ha pasado algo en la casa de Yumi??? 😱

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